Alumnus Perennis
Yo quiero mucho y soy muy devoto de San Optimista, porque es un santo muy simpático, alegre, complaciente y milagroso.
San Optimista no es un santo de esos que están en todas partes como el arroz blanco. ¡Qué va! A veces uno lo tiene cerca, pero otras veces hay que llamarlo a gritos para que venga.
Eso sí, cuando uno lo encuentra no falla: milagro que le pide, milagro que él hace. No importa cuán oscura éste la noche, cuando él aparece sale el sol. Es un tigre para convertir lágrimas en sonrisas y copas medio vacías en copas medio llenas.
A San Optimista por alegre y complaciente que sea le gusta que le busquen, que le pidan y que le agradezcan sus favores. A él no le gusta que lo dejen arrimado por allí, él no es de los que se meten donde nadie los ha llamado. No, él se da su tono.
Por eso es que ahora está más escondido que un buzo, subiendo y bajando como un yoyo. No más llega, cuando todos le preguntan qué es lo que tienen que hacer y después, ni hacen lo que el santo dice ni se ocupan más de él. Así es que coge su cachachá y se larga cada vez más lejos
El otro día yo estaba muy preocupado, Todo lo veía negro. Me parecía que esto no tenía remedio. Entonces llamé a San Optimista para contarle mis cuitas y oír su opinión. El santo me escuchó con mucha atención y al final sacó un pañuelo y se secó una lágrima del tamaño de un melón.
Santo, pero qué pasa -le dije- yo veo la situación mala pero si tú te pones así la voy a ver peor.
No -me dijo el santo- si yo no estoy llorando por la situación.
Yo estoy llorando de risa por tí, que eres un tonto de capirote.
Mira, ven conmigo.
Y dicho y hecho me tomó del brazo y me llevó a una montaña altísima desde la cual se podía ver toda Venezuela de uno a otro confín.
Mira -me dijo al llegar a lo alto- ¿tú crees que con un país como este, uno puede ser pesimista? Mira su cielo azul, sus valles y montañas; mira sus ríos, sus bosques y sus llanos; mira sus mares y sus costas. ¿Tú no crees que en este clima, con este sol y esta tierra puede un pueblo vivir feliz y desarrollarse, como se desarrollaron los pueblos del mediterráneo en épocas pretéritas?
El santo se paseaba alegremente agitando los brazos como para abrazar cuanto veía, respirando a plenitud el aire puro y señalando aquí y allá esto y lo otro.
¡Mira! mira como mana el petróleo del subsuelo. Energía solar almacenada por millares de años para que nosotros lo gocemos ¡Mira! allá -señalaba a lo lejos, por sobre las sabanas, más allá del Orinoco- las montañas de hierro y aluminio y las pepitas de oro a flor de tierra.
Así fue señalando una tras otras las riquezas infinitas con que el Creador dotó a este país privilegiado. Estaba alegre el santico. Reía y cantaba como ríen y cantan los mineros de nuestra Guayana cuando descubren una bomba de diamantes.
Luego se volvió hacia mí y guiñándome un ojo, me dijo:
Bajemos, que esto es muy hermoso pero aquí se está muy solo y ahora quiero enseñarte lo mejor.
Mi corazón latía fuertemente, me sentía muy excitado. Quería bajar lo más pronto posible para hundir mis manos en la tierra, para explotar las minas, para abrir el cofre donde se ocultaban tantas riquezas. Así es que le dije:
¿Enseñarme lo mejor?
¿Qué puede ser mejor que lo que ya me has enseñado? Tú a veces pierdes la cabeza y te dejas llevar por tu optimismo. Pon los pies en la tierra y deja de soñar.
El santo, me dio un templón por el brazo, trastabilló y empezando a rodar montaña abajo, me dijo:
¡Ven y lo verás!
Abajo fuimos rodando, entre polvo de sonrisas, hasta caer al pie de la montaña junto a un ranchito. Muy cerca pasaba un río y pastaban unas vacas con sus becerros recién paridos los unos, pegados de la ubre, y mayorcitos los otros, retozando en la pradera.
Nos levantamos y el santo, guiñando de nuevo un ojo se fue hacia el ranchito. Techo: de paja una parte y de zing la otra; piso: de tierra; y paredes: de bahareque. Nada. Un ranchito.
No será esto lo que me va a enseñar el santo, me dije.
El volvió la cabeza, guiñó de nuevo el ojo y me llamó con un amplio gesto de su brazo. Tan amplio, que por poco se cae al enredársele el brazo en la sotana.
Yo aceleré el paso y lo alcancé cuando él llegaba al rancho.
En ese momento todo cambió. Del rancho salió la voz de una mujer y se oyó el rasgar de una guitarra. Suavemente como parte del paisaje, como el murmullo del río, como el mugir del ganado, como el canto del pájaro cantaba la mujer y el hombre acariciaba la guitarra para que cantara también.
El mundo se detuvo transido de paz. Por la puerta siempre abierta salió la mujer con su niño a horcajadas sobre la cadera. Las paredes del rancho se esfumaron y vimos al hombre sentado en un taburete abrazando a su guitarra, pasando los dedos por su piel temblorosa.
El santo me veía de reojo. Muy serio. Feliz. Me estaba enseñando lo mejor.
La mujer seguía cantando mientras lavaba la ropa en las piedras del río, mientras pilaba el maíz, mientras ordeñaba la vaca. El hombre la acompañaba mientras ensillaba el caballo, mientras enlazaba el toro, mientras sembraba el maíz.
El santo sonreía -me miraba de reojo y sonreía. Yo callaba mientras mi alma empezaba a tararear al son de la guitarra.
A lo lejos se oía el trueno. El relámpago iluminaba las montañas y los valles, las llanuras y los bosques. Los ríos desbordaban sus cauces con furia inusitada.
La mujer ya no cantaba. Arrebujaba a sus niños en el camastro desecho mientras en el corazón se le arremolinaba la angustia. El hombre no tocaba la guitarra. Mientras colocaba piedras, cartones y pedazos de zing en el techo, rasgaba su corazón en un diapasón de dolor.
Las goteras se fueron alejando con el trueno, con la angustia, con el sueño, con la humedad de los cuerpos.
Afuera se oía el ruido de los carros, la voz de la ciudad, cuando su sonrisa, la de la mujer, le abrió las puertas al sol, y la voz del hombre y su cuerpo hercúleo y su hombría llegaron bajando del cerro al taller.
El santo se secaba la ropa y se secaba la cara y sonreía, y movía los brazos al compás de la música que subía de la ciudad.
De pronto empecé a oír de nuevo a la guitarra y a oír una voz fuerte y clara de mujer saltando de cerro en cerro, de rancho en rancho y de casa en casa, transportada por la brisa, llevada en el corazón, alimentando la vida.
La noche quedó atrás, el trueno volvió al abismo de donde salió y la lluvia secó sus fuentes. Todo quedó atrás. Delante estaban el sol, la esperanza y una canción cantada a dúo.
Los niños corrían por la calle tras sus sueños. Las mujeres llenaban los mercados, invadían las oficinas y, con libros, niños y cestas a horcajadas, poblaban las aulas. Los hombres en talleres, fábricas, caminos, cuarteles y universidades avanzaban hombro a hombro, pechos descubiertos, lentamente, sudorosamente hacia adelante, hacia el mañana.
El estado depresivo había pasado. El estado de euforia había desaparecido.
Todo mi ser temblaba de emoción al ver a mi pueblo sufriendo y cantando al avanzar hacia el futuro, al hundir sus manos en la tierra, al abrir el cofre y sacar de él torrentes de fe, de esperanza y de amor.
San Optimista sacó un pañuelo grande, el mismo con que se secó la lágrima de risa, y secó el sudor que perlaba mi frente.
Ya viste -me dijo- viste lo mejor.
Y reía, y me empujaba hacia adelante por el camino de la historia, y conmigo de la mano saltaba los charcos y saltaba sobre la podredumbre y esquivaba la basura y se llenaba de sol y de luz.
sábado, 2 de mayo de 2009
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