lunes, 11 de mayo de 2009

El manto luminoso de la paz

LA ESTRATEGIA estadounidense y la guerra preventiva a las que se refirió la declaración del gobierno norteamericano en el año 2002 provocó una gran controversia por ser contraria a los principios generalmente aceptados hasta entonces por el sistema internacional ya que atentaba contra la integridad territorial y la independencia política de los países a los cuales se aplicara esa estrategia basada en suposiciones que no se podrían probar sino cuando ya se hubieran traspasado los límites de la prevención y se hiciera necesaria la repulsión.
La reciente declaración reiterativa de aquella estrategia por parte de Estados Unidos en el año 2006 no ha provocado la misma controversia por diversas razones entre las cuales se encuentran los adelantos tecnológicos que en materia de destrucción masiva han hecho que aumente la incertidumbre de las suposiciones en que se basaría una acción preventiva y que haya aumentado el número de países que, en caso de conflicto, pudieran infligirse enormes e irreversibles daños los unos a los otros. Esos mismos adelantos tecnológicos han hecho que la santidad de las fronteras y la protección de los océanos en que se basaba la seguridad de las naciones se haya visto afectada en nuestros días por el poder, el alcance y la velocidad de las armas modernas capaces de traspasar esas fronteras en fracciones de segundos desde miles de ki lómetros.
De modo que cualquier acción preventiva tendría su fundamento en el alcance y la capacidad destructiva de las armas nucleares y en la incertidumbre que rodearía cualquier suposición en cuanto a su uso por parte de las potencias que las posean.
Esto nos lleva a concluir que la razón fundamental de cualquier acción preventiva está, a fin de cuentas, en la existencia de armas de destrucción masiva y en la suposición de que ellas podrían ser usadas defensiva u ofensivamente por parte de quien las posea, sean estos Estados soberanos u organizaciones terroristas actuando desde el territorio de dichos Estados a espaldas o en connivencia con estos.
De modo que para eliminar cualquier suposición de posibles ataques con armas de destrucción masiva y sus consecuentes guerras preventivas, no hay otro camino que la destrucción total de dichas armas en todos los países del mundo bajo la supervisión de las Naciones Unidas o del organismo que esta designe con la aprobación de los países inte resados.
En realidad esa destrucción no afectaría la capacidad bélica de las potencias poseedoras de armas nucleares ya que estas armas se encuentran en un estado de obsolescencia absoluta tanto desde el punto de vista tecnológico como moral y político. ¿Quién se atrevería hoy en día a lanzar una bomba atómica sobre cualquier ciudad del mundo? ¿Quién se atrevería a repetir los genocidios de Hiroshima y Nagasaki? ¿Quién se atrevería a enfrentar al mundo que se levantaría contra él? Por lo que se refiere a Estados Unidos ¿Qué potencia podría enfrentarse a sus ultramodernas armas convencionales para que tuviera que recurrir a sus arsenales nucleares?
¡Qué emoción sacudiría al mundo si Estados Unidos anunciara su disposición de destruir su arsenal de armas atómicas! ¡Cómo se sentiría descender sobre el mundo el manto luminoso de la Paz!

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