miércoles, 13 de mayo de 2009

Matar a un hombre

EN DIAS PASADOS leí en la prensa este pensamiento macabro: matar a un hombre es matar a un hombre... ¿y nada más?. ¿Será eso sólo lo que quiso decir quien lo dijo?.. Matar a una cucaracha es matar a una cucaracha... ¡y nada más! Cuando muere una cucaracha nada más muere.
Ese pensamiento macabro es el que rige hoy en día las relaciones entre hombres y naciones: matar a un hombre no es más que eso, matar a un hombre y nada más. Ese pensamiento es el que rige las relaciones entre palestinos y judíos, entre iraquíes y norteamericanos, entre etarras y españoles. Ese el que gobierna las acciones terroristas que sacuden al mundo.

Matar a un hombre a quien yo encarno no es más que eso: matar a un hombre y nada más. Cuando yo muera no pasará nada. La explosión matará a otros hombres y nada más. Si matar a un hombre no es más que eso: matar a un hombre y nada más... no pasará nada matando a muchos y podremos pasar de las calles de Chicago o de Caracas a las hecatombes de Manhattan, de Madrid, de Bagdad o Palestina.

Pero matar a un hombre es mucho más que matar a un hombre. Es matar miríadas de astros, es matar la luna llena y el cielo azul. Matar a un hombre es matar la flor en su ventana. Es matar sus amores y sus sueños. Es callar para siempre las sinfonías de Beethoven. Es cortar el hilo de la historia en sus comienzos. Es matar el Universo creado para él y sólo para él.

Matar a un solo hombre es negar todo sentido al bien, a la verdad, a la justicia, y a la libertad de todos los hombres que no podrán ejercerlas en él. Es hacerlo recorrer el camino infinito entre el ser y la nada.

Matar un hombre es vaciar de vida al planeta Tierra. Es igualarlo a Marte, donde dos máquinas sin alma, Spirit y Opportunity, buscan ansiosamente el menor signo de que no estamos solos en los 40.000 trillones de cuerpos celestes que vagan sin destino aparente en una esfera vacía. Es destruir la razón de ser del Universo.

Matar a un hombre es desgarrar irreparablemente el tejido sutil de la humanidad. Matar a un hombre es perforar la cubierta de conciencia con que se va recubriendo el astro en que él habita. Es detener abruptamente el progreso de la noosfera.

Matar a un hombre es destruir el punto en que lo eterno se abraza con el tiempo, en que se besan lo finito y lo infinito, en que la materia y el espíritu se encuentran. Matar a un hombre es destruir la obra de Dios, es destruir el templo del Espíritu.
Matar a un hombre es destruir el recóndito lugar donde la Trinidad habita en el alma de los justos, en el alma de los que aman. Es destruir la morada del amor. "Si alguien me ama y guarda mis palabras, mi Padre y Yo lo amaremos, vendremos a él y estableceremos en él nuestra morada". (S. Juan, XVIII,26).

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