SINTIENDO EL TIEMPO de Cuaresma, que es tiempo de preparación para la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor, se nos ocurrió escribir algunas ideas que se nos vinieron a la mente cuando oímos acerca de la destrucción del templo de Jerusalén por Nabucodonosor y de su reconstrucción por orden de Ciro, Rey de Persia.
La lectura del 2§ libro de Las Crónicas, nos señala cómo todos podemos contribuir a la destrucción del templo; cómo todos podemos contribuir a su construcción, y qué terrible es la responsabilidad que tenemos en ello.
Aquella lectura se refería al templo de Jerusalén, pero no podemos olvidar que cada uno de nosotros es, por el bautismo, en el interior de su ser, un templo vivo del Espíritu Santo.
De modo que con cada uno de nuestros actos podemos ayudar a construir o a destruir ese templo en nuestras almas y en las almas de nuestros hijos...
Cada una de las cosas que hacemos, o que dejamos de hacer, por pequeña y oculta que sea sirve para construir o para destruir. Si nos reunimos con nuestra familia para orar, fortalecemos el templo de nuestro hogar; si oramos con nuestros hijos, los ayudamos a construir en sus almas un templo vivo al Señor.
Qué terriblemente importante es que nuestros hijos nos vean acercarnos al confesionario, que nos vean pecadores, solicitando el perdón; qué terriblemente importante para construir el Templo en sus almas, es que nuestros hijos nos vean acudiendo a la Eucaristía para recibir al Señor: al dueño del templo.
Qué magnífica oportunidad nos ofrece la Cuaresma, una vez al año, para que reconstruyamos el templo del Señor en nuestras almas... y en las almas de los pobres en las cuales se pueden construir los más bellos templos con los maderos de la Cruz.
Qué inmensa responsabilidad nos impone la vida; construir o destruir el templo de Dios en nuestras almas, y en la sociedad en que vivimos para que en ella reine el Amor.
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