lunes, 11 de mayo de 2009

Las banderas del cambio

EN SU MAGNIFICA Historia de los pueblos de habla inglesa, Sir Winston Churchill nos dice que la monarquía francesa cayó y a Luis XVI lo guillotinaron, no porque éste fuera un tirano, sino porque la maquinaria del Estado se había paralizado. Nos relata Sir Winston, que un párroco tenía cuarenta años queriendo reparar el techo de su pequeña iglesia sin lograr que la inercia burocrática le diera los permisos correspondientes.
El genio de Luis XIV había creado un complejo y eficiente aparato estatal que le permitió llegar a ser el Rey Sol que un día brillara sobre Europa. Sus sucesores, Luis XV y Luis XVI no supieron manejar ni reformar ese aparato. El último pagó con su vida su ineptitud y la monarquía francesa cayó bajo el impulso reformista de la revolución.
En Venezuela no hemos tenido un Luis XIV que nos dejara un gran y eficiente aparato estatal. Lo que hemos recibido es una herencia burocrática compleja e ineficiente que ni aquel hubiera podido manejar.
Por eso se quiere un cambio profundo en las estructuras del Estado y en la manera de gobernar al país, para lo cual en el año 2006 será necesario conquistar no sólo la Presidencia, sino conquistar la mayoría en el Congreso y en los demás cuerpos legislativos, en los sindicatos, en los gremios profesionales y en la calle.
Pero el cambio no puede quedarse allí. Es necesario un cambio en la conciencia de gobernados y gobernantes, de modo que aquellos se sientan comunidad, y estos se sientan instrumentos de aquellos.
Ese inmenso trabajo de conquista no podrá tener éxito si no se enarbolan auténticas banderas de reforma que las multitudes puedan seguir con un entusiasmo basado en la esperanza. Esa conquista no se hace con slogans publicitarios sin contenido. Se hace con ideas que el pueblo haga suyas y que quiera realizar. Que quiera realizar conquistando el poder tras las banderas.
¿Esas ideas no se encuentran en la Doctrina Social de la Iglesia expuesta en más de veintisiete encíclicas, en numerosos documentos pontificios y conciliares y en el humanismo integral propuesto por Jacques Maritain, que sirvieron de guía y soporte a los grandes partidos socialcristianos de Europa y América para gobernar a sus pueblos?
¿Es que no se encuentra en ellas la contestación a los graves problemas que enfrentan hoy en día todos los pueblos? ¿Es que el pragmatismo electrónico las ha condenado al cesto de papeles de la historia? ¿Es que no se encuentra en ellas ese cambio de conciencia de que hablábamos antes?
Esa inmensa tarea de conquista, ese esfuerzo gigantesco requiere tiempo. Por eso es necesario hacerlo proponiendo de una vez, con voz imperiosa, a todos los niveles y por todos los medios, la reforma indispensable: la reforma de las estructuras del Estado y de la manera de gobernar al país.
Se dirá que es necesario esperar a que pase la crisis, a que vuelva la normalidad para realizar estas reformas. ¿Pero es que los tiempos de crisis no son los tiempos de cambio? ¿Habrá que esperar a que se complete la desintegración total del país para construir sobre sus escombros, económicos, sociales y políticos aquel país que deseamos? ¿Habrá que esperar a que vuelva la normalidad que nos condujo a la crisis actual para rea lizar las reformas que nos exige la historia?

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