Joseph Goebbels, ministro de propaganda e información de Hitler, sostenía como base de su política comunicacional que una mentira repetida reiteradamente se convertía en verdad.
Ahora bien, cuando Goebbels sostenía eso no se habían desarrollado o no existían, como ahora, la telefonía inalámbrica, la radio, la televisión o la computación, ni el internet, de modo que la capacidad de comunicación, y por ende de repetición, de cualquier noticia, slogan o mensaje era infinitamente menor que ahora.
Actualmente cuando el número y la magnitud de las mentiras superan con mucho a las que se sostenían entonces, la capacidad de repetirlas reiteradamente por todo el planeta es casi infinita y las verdades transmitidas y repetidas son de igual magnitud e igualmente numerosas, se hace prácticamente imposible distinguir entre verdades y mentiras.
Ahora basta con poner la radio, la televisión, o el internet y oír a Chávez, como se oía antes a Hitler, para darnos cuenta de hasta donde han llegado la magnitud de las mentiras y la capacidad de repetirlas pretendiendo que, según Goebbels, se hagan verdades para el oyente o el televidente desprevenido.
Ahora bien, en medio de ese cúmulo intrincado de mentiras y verdades, cómo pueden los hombres ejercer su derecho al conocimiento de la verdad que le permita encontrar el bien en ella y rechazar el mal en el error para regir su conducta por ellas.
Además, el hombre debe servir de intermediario entre quienes constituyen las sociedades humanas y ¿cómo podría prestar ese servicio si desconoce dónde está la verdad?
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